OPINIÓN
7 de noviembre de 2026
El Papa progre y Lucifer enajenado
Por Jose Luis Lanao
León XIV ha conseguido que se hable de inmigración, de polarización, de humanismo, de dignidad, de derechos de los trabajadores, de las mujeres, de los ancianos, incluso de xenofobia. Asumió el dolor humano y lo expuso en manos de quienes lo sufren. Las palabras seculares de la dignidad parecen huérfanas: la política las ha gastado, el mercado las ha vaciado y una autoridad antigua, vestida de humanismo, se ofrece a devolvérnoslas.
Aplaudimos a un Papa que habla de los migrantes con el lenguaje de los derechos y de las víctimas de su propia iglesia con el de la compasión. Habla de IA, y cuando un Papa dice sobre la IA lo que ningún gobierno democrático se atreve a decir con la misma autoridad, la pregunta no es en qué acierta la Iglesia, sino qué ha dejado de hacer la política. En su encíclica, “Magnífica humanitas”, desarma a la inteligencia artificial y la somete al control público. Conviene puntualizar un matiz. El papa Prevost diagnostica el síntoma, no la enfermedad. Pide “volver a poner a la humanidad en el centro”, como si lo que estuviera en juego fuese una esencia humana amenazada por la técnica. La IA no pone en riesgo lo que somos, sino lo que existe entre nosotros: las condiciones materiales de la conversación, los hechos que aceptamos juntos, las instituciones que arbitran cuando no nos ponemos de acuerdo, el lenguaje que sirve para describir lo mismo y no para anularlo.
El problema no es esencialista, sino político. Por eso es preocupante que el diagnóstico, aun parcial, llegue de Roma y no del campo democrático. Cuando quienes deben producir el lenguaje político dejan de hacerlo, el lugar no se queda vacío. Lo llena lo que tiene autoridad propia y no necesita la del juego democrático: una iglesia, un mercado, una plataforma, un caudillo.
Hubo un tiempo, no muy lejano, en que convivimos con dos papas. Como esos huevos de dos yemas que en la infancia recibíamos con tanto alborozo. La visión de un papa con dos cabezas me pareció una extravagancia histórica, semejante a las rarezas biológicas de mi niñez. Francisco convivió con Ratzinger. Un Papa progresista armonizando la vida con un Papa afiliado, en su tiempo, a las juventudes hitlerianas. Anomalías de un mundo mal cosido. Uno recuerda aquella sublime construcción lingüística de Milei para definir a Francisco: es un representante del “maligno”, “un de hijo de puta y un sorete mal cagado”. Cómo se puede apreciar, todas consideraciones de orden metafísico. Nunca, en su historia, nuestra querida palabra “sorete” alcanzó una viralización internacional tan desmesurada.
A pesar de las diferencias de tipo cognitivo, hay algo que los une mucho a León XIV y a Milei: el balón. El Papa disfrutó del fútbol en sus años jóvenes, en Trujillo, Perú. Declaró que jugaba de defensa, y por algunos rasgos marcados en su rostro da la impresión que repartía hostias a diestro y siniestro, y no precisamente las de misa.
Existe una larga tradición en el Vaticano en que los papas lavan los pies a los feligreses. No creo que León XIV le lave los pies a Milei, calza pies de arquero, y cómo se sabe, deforman la realidad y la pelota.
La vida va de explicarle incesantemente al sistema ultraliberal -ese Dios de nuestro tiempo-, que uno sigue aquí, que no se ha ido, que espera un guiño, un rin rin, un emoticon, algo, no sé. Qué nos llame; que hay hambre, desesperación, desasosiego. Qué nuestro Lucifer doméstico cuenta y falsea los datos de pobreza. Qué no es así. Qué la pobreza no se cuenta, se vive y, desgraciadamente, se padece.
(*) Ex jugador de Vélez, clubes de España y campeón mundial 1979
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