23 de febrero de 2016
Entre fraudes, entierros y hundimientos
La Bugatti del Lago y la Ferrari que volvio de la muerte

La Bugatti del lago:

Allá por 1933, un corredor amateur suizo decidió vender su auto: se trataba, ni más ni menos, de una Bugatti Type 22 Brescia. Su nuevo dueño fue Marco Schmuklerski, un arquitecto que lo acondicionó para utilizarlo como vehículo diario. Tres años más tarde, y ante la necesidad de mudarse a Zurich, descubrió que no podía sacar su Bugatti del país. ¿El motivo? El auto había ingresado a Suiza y a Italia de manera ilegal. Y como en su registro de origen -Francia- había acumulado una enorme deuda, su dueño la dejó abandonada en su lugar de trabajo, una empresa constructora ubicada en una finca a orillas del lago Maggiore, en Ascona. Ante la presión impositiva ejercida por la administración del lugar, los dueños de la empresa decidieron ocultar el auto para no tener problemas legales, aunque el método elegido fue poco ortodoxo, por llamarlo de algún modo: lo ataron a una gruesa cadena y lo arrojaron a las aguas del lago, esperando que su dueño regresara algún día… Pero Marco jamás volvió, y con el correr de los meses ¡nadie se acordó de la Bugatti! El tiempo y el óxido, lentamente, atacaron la cadena hasta que un día el cordón umbilical metálico que unía al auto con el mundo exterior se cortó, y la Brescia terminó descansando en el fondo del lago, a más de 50 metros de la superficie. En los primeros años de la década del 60, unos buceadores se toparon con el auto; automáticamente se convirtió en la atracción acuática de la zona. Parecía que ese sería su destino eterno hasta que, en el 2008, un joven buceador de 19 años fue asesinado en medio de unos festejos locales. Sus amigos buceadores decidieron entonces crear una fundación contra la violencia y no tuvieron mejor idea que rescatar la Bugatti para recaudar fondos. La tarea demandó casi 10 meses: tras abandonar las aguas del lago, el auto desnudo exhibió sus heridas: el lateral derecho había desaparecido, pero todavía se conservaban el motor, el instrumental y el tablero de nogal. En 2009, la casa de subastas Bonhams bajó el martillo ante una tentadora oferta de poco más de U$D 300.000 procedente del Museo Mullin de California, lugar donde actualmente descansa, libre al fin de tanta humedad…

 

 

 

La Ferrari desenterrada:

En octubre de 1974, Rosendo Cruz, un plomero que vivía en California, sacó un préstamo en el Bank of America para poder comprarle a su mujer un regalo para su aniversario de bodas: una Ferrari Dino 246 GTS. Su esposa lo disfrutó por apenas 800 kilómetros porque, dos meses después, el auto fue robado. Cruz cobró el seguro y quedaba así eximido de cancelar el préstamo con el Banco. Sin embargo, el destino corrido por el auto seguía siendo un misterio. En 1978, y mientras jugaban haciendo pozos en el patio de su nueva casa de California, uno niños descubrieron un enorme objeto enterrado y tapado con plásticos… Los noveles inquilinos llamaron a la policía, quien acudió con un equipo de excavadores. Allí descubrieron algo que los dejó boquiabiertos a todos: ¡había una Ferrari enterrada! Más allá de la suciedad lógica, el vehículo estaba en muy buen estado. Quienes lo enterraron había tomado la precaución de cubrirlo con lonas plásticas. Pero ¿cómo había terminado en ese lugar? Ningún vecino sabía ni recordaba nada raro. Tras verificar los números de serie del auto, pronto se descubrió la verdad, puesto que se trataba del vehículo de Cruz… Tras una serie de investigaciones, se determinó que éste había contratado a un grupo de delincuentes para hacer desaparecer el auto con el fin de cobrar el seguro y evitar la deuda contraída por el préstamo. No cualquiera podía mantener un Ferrari… Sin embargo, estos “especialistas” decidieron engañarlo al perjurarle que habían destruido el auto, cuando en realidad lo habían enterraron con la intención de “volverlo a la vida” años más tarde y poder venderlo de manera fraudulenta. El plan iba de mil maravillas, pero nunca imaginaron que serían descubiertos por las inocentes manos de un grupo de chicos… Luego de recuperado, el auto quedó en manos de la compañía de seguros, quien decidió subastarlo públicamente. Finalmente, y luego de ofertar unos U$D 9000, Brad Howard -su nuevo propietario- comenzó una profunda y dedicada tarea de restauración. Hoy, la Dino GTS luce como en sus mejores años y es mundialmente conocida como “la Ferrari que regresó de la muerte”.

 



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