10 de julio de 2017
El día que Ginobili se fue al descenso…
“Me ganó Mezquer, me ganó Mezquer”, repetía y no había forma de explicarle que no debía volverse loco por esa situación

 “Perdimos, papá. Perdoname”. La angustia se escuchaba en su voz y Jorge no tenía forma de calmar a su hijo, que estaba del otro lado del teléfono. El chico tenía 16 años y regresó a su casa sin cruzar palabras con nadie. Se encerró en la habitación y no hubo consuelo. El clima dentro de la casa de la calle Vergara era casi irrespirable. Sin embargo, Raquel, su mamá, salió disparada para tratar de hablar con el menor de sus tres hijos. Pero Manu no quería saber nada. Entonces, no le quedó más alternativa que recurrir al entrenador de Bahiense del Norte, Fernando Piña. Le pidió que tratase de hablar con el pequeño de la familia. Manu, aceptó el ingreso de su técnico y allí soltó las primeras palabras: “Me ganó Mezquer, me ganó Mezquer”, repetía y no había forma de explicarle que no debía volverse loco por esa situación. Estaba destruido y pasaron varios días, semanas, hasta que consiguió volver a la vida normal.

Aquel fue el primer gran golpe en la carrera de Emanuel Ginóbili. Sí, el cuatro veces campeón de la NBA, antes de llenarse de oro, se fue al descenso y Mezquer, el ropero que trabajaba (y todavía lo hace) en el puerto de Ingeniero White, fue la peor de las pesadillas cuando el 20 de los Spurs despuntaba en Bahiense del Norte.

Mezquer tiene 52 años y vive en el Barrio Obrero desde 1991. Ese año logró comprarse la casa que comparte con su esposa, Diana, y dos de sus hijos, María Azul, de 18 años, y Luciano, de 17. Marcos, el mayor, tiene 25 y ya no vive con sus padres. Clasificador de cereales, trabaja en la empresa Profertil y en el puerto casi nadie le cree que él fue un dolor de cabeza para Manu Ginóbili. “Pocos conocen esta historia de cuando jugaba en Puerto Comercial. Lo charlamos con los amigos, pero no todos me creen. Incluso, algunos me cargan porque en el libro de Manu (N. de R.. “Manu el Héroe”) aparece la historia y me cargan con eso. Me dicen ‘pobre pibe, lo cagaste a palos’. Pero yo les digo que nada que ver. Es más, cuando Manu salió campeón de la NBA, yo hablaba con mis hijos y los cargaba. Les decía ‘mirá hasta dónde llegó después de que jugó en contra mío. Esa vuelta perdió y lo hicimos llorar, pobre. Se ve que le vino bien´, en broma, claro”, cuenta Mezquer, que antes de tener que hacer el servicio militar vivía en Bahía Blanca y jugaba en el Club 9 de Julio.

 “Me acuerdo que cuando se publicó esa final con Bahiense, me parece que en la revista Zona de Basket pusieron de título para nuestro ascenso: ‘Maremoto’. Por eso de que estamos acá, cerca del mar”, recuerda Mezquer. Y fue una jornada imborrable para Manu: “Para mí fue una vergüenza, una deshonra. No había ganado nunca un título, nada, en ninguna de las categorías. La mayoría de los chicos había sido campeón de algo, de cualquier cosa, infantiles, cadetes… Yo nunca. Y encima, me iba al descenso mientras mis hermanos ya jugaban en la Liga Nacional. De aquella serie lo que más me acuerdo es el segundo partido, de visitantes, nos apretaron. Éramos chicos. Yo estaba convencido de que en el tercero podíamos darlo vuelta... Pero me pegaron bastante y perdimos. Quedé devastado”, reconoció años después el mejor jugador de la historia del básquetbol argentino.

Y la historia fue así. La familia de Manu tenía a Bahiense del Norte como su segunda casa, porque vivía a media cuadra del club. Era el año 1994 y los malos resultados lo ubicaban al final de la temporada en una Promoción para tratar de quedarse en primera. Eso lo puso frente a Puerto Comercial de Ingeniero White, el subcampeón de la segunda división bahiense. Todo se debía resolver al mejor de tres choques. En el primer cruce, las cosas parecían sonreirle a Ginóbili, porque marcó 14 puntos en la victoria por 85-76. Después de ese partido, cuentan que Manu estaba en la puerta de Bahiense tomando algo con sus compañeros y desde el colectivo que llevaba al plantel de Puerto Comercial, se alcanzaron a escuchar insultos y amenazas para el segundo juego en White. Incluso, cuentan como leyenda urbana que Bahiense tuvo que ir con custodia policial. Ese cruce quedó en manos de Puerto Comercial y Manu aportó 10 puntos. Pero los que estuvieron en aquel duelo lo que más recuerdan fue cómo los trataron. Los jugadores de Bahiense reponían el juego desde los costados metidos adentro de la cancha porque los hinchas los agarraban de las camisetas…

 “En ese partido no nos hablamos mucho, diría que nada. Ni él era de hablar ni yo tampoco. Era a cara de perro. Lo que pasó es que en el primer partido sentimos medio como que nos sobraban. Porque nosotros jugábamos en segunda y ellos en primera. Pero habían salido últimos y por eso jugaban contra nosotros. Nos ganaron el primer partido y sentimos que el técnico de ellos nos había burlado... Entonces, juntamos bronca para el segundo partido. A nosotros nos sacó lo que pasó en ese primer cruce. Y el segundo medio como que fue una batalla campal. El técnico de ellos dirigía adentro de la cancha y yo me había quedado con la vena del primer partido. Entonces, cuando lo vi que estaba dando indicaciones desde adentro de la cancha, lo apunté y me lo llevé puesto. Lo tiré arriba de una tribuna. Es más, hay una foto de eso, la sacaron justo cuando el loco estaba volando y cayó detrás del banco, donde había tres o cuatro escalones que eran como una tribuna chiquita. Rafael Emilio Santiago (N. de R.: periodista), dijo ‘A este muchacho había que haberle puesto un semáforo, porque se lo llevaron puesto’. Eran cosas de antes. ¿No?”, rememora Mezquer.

En el tercer partido todo fue muy difícil para Manu, porque ya le habían tomado el pulso. Encima, para esa definición se habían quedado sin otro que, años más tarde, también integraría la Generación Dorada, Pepe Sánchez, que había logrado firmar contrato con Deportivo Roca para jugar en la Liga Nacional. Al final fue derrota (67-76) y descenso para Bahiense del Norte. Mezquer había logrado su objetivo: entrar en la historia por superar a Ginóbili.

Habla de aquella época y se le ilumina la voz. Recuerda que cuando jugaba le encantaba seguir los partidos de Chicago Bulls, pero que cuando Manu arrancó en San Antonio se hizo “hincha de los Spurs” y que en la selección lo siguió siempre. No duda: “Es un monstruo”. También se advierte un ápice de tristeza al hablar de sus años como jugador: “Yo no puedo hacer nada de nada, porque estoy arruinado. Tengo artrosis y eso no me deja jugar. Muchas veces, no quiero ni mirar los partidos de básquet, porque me da una nostalgia terrible...”

Se ríe constantemente, porque todavía saborea el recuerdo. No pierde el humor ni el entusiasmo cuando toma la palabra: “Dicen que era rústico y áspero. Lo que pasa es que yo tenía 29 años y Manu 16, era chiquito. Nosotros éramos un equipo de veteranos, con mañas. Pero ojo, yo no era un burro; no era habilidoso, es verdad, pero tampoco un desastre. En aquel partido, en la final, me parece que hice más goles que Manu. Me parece que hice como 12. Ojo...”.

Mis hijos no me dan ni bola con estas cosas. Es más, le dije a mis hijos que no me ocuparan el teléfono porque me iba a llamar para que hable de la historia del descenso y mi hijo mayor [Marcos] me dijo 'dejá de mentir viejo…’



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