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7 de mayo de 2026

Deportes La democracia viciada y el trapo de “Adorni ladrón”

Por José Luis Lanao

La comunicación no es un decorado: es el campo donde se disputa el sentido. No existen hechos puros que se impongan solos, sin narrativa, sin marco, sin lenguaje. La comunicación importa. Define nuestras realidades cotidianas, modela nuestras miradas y dibuja paisajes de causalidades. En ocasiones, los “trapos” hablan, se comunican. La bandera de “Adorni Ladrón”, colgada en el estadio de San Lorenzo, supura actualidad. Desnuda la existencia de una ira compartida; y lo hace desde un lenguaje sencillo, al alcance de todos. Cuando la política se filtra con fiereza en el mundo del fútbol, algo grave está sucediendo. Se sabe que es un universo temeroso, nutrido de silencios obscenos, vergonzosos. Una pasión que no dice, no escucha, no ve. Por eso este “trapo” no es un “trapo” más: es la crónica apasionada de una furia incontenible, desesperada. Es que Adorni es mucho Adorno. Ese intruso indeseado que se ha instalado en tu cabeza como descarnada sátira de la política fecal, dominado por la hipérbole, el esperpento y la deformación grotesca. Una caricatura cruel, en clave de ácida comedia, que emerge desde la gobernanza más siniestra. Desde un gobierno que no necesita convencer, le basta con imponer. Que necesita de los medios afines y de una larga lista de enemigos con que alimentarse a diario. Cuando liquida uno, fabrica el siguiente: los kukas el lunes, los palestinos el martes, los jubilados el miércoles. Y vuelta a empezar. Ya no puede detenerse; sin enemigos pierde su razón de ser. Es la lógica de la autoexpansión permanente del poder totalitario: no puede parar porque el reposo lo desnuda. Días atrás, en varios campos de fútbol aparecieron consignas sobre la Ley de Emergencia en Discapacidad y sobre la riqueza patrimonial de Adorni. En deporte, como en cierta clase de política, la dureza de la realidad es lo de menos frente a conectar con las pasiones. Sería saludable que los deportistas opinaran con normalidad sobre política. No son extraterrestres: son ciudadanos con sus deberes y sus derechos, tan responsables como usted y como yo de cuanto ocurre a su alrededor. Quien piense lo contrario defiende una idea empobrecedora y falaz de la política, lo que nos lleva a aquella célebre frase: “Haga como yo, y no se meta en política”, decía ese cerebro privilegiado llamado Francisco Franco. Nos enfrentamos a una nueva forma de ansiedad ligada a la política, a la creciente alienación de un sistema y un relato que se muestran cada vez más distantes y ajenos a nuestras vidas. En nuestro país, la democracia se ha convertido en un experimento autoritario. No es una dictadura de tanques y censores, sino algo más sutil: un régimen que conserva las formas democráticas mientras las vacía de contenido. Una democracia vaciada donde no hace falta tomar el Estado por asalto; basta con perseguir a los críticos, proteger a los aliados, asfixiar a quien financia la disidencia y enseñarnos a todos que el silencio es más seguro que la palabra. El nuevo autoritarismo coloniza las instituciones desde dentro y seca el oxígeno de la sociedad civil, colapsando la infraestructura de la resistencia. El desencanto, la fatiga y la desconfianza en las instituciones parecen haberse apoderado de la protesta cívica, inmunes a la urgencia de la tragedia, a la obscenidad de lo real. La desconexión entre relato y realidad es demasiado brutal, pero debemos utilizar aquello que sí tenemos aún: nuestras voces, nuestros votos, nuestra capacidad de movilización cívica y humana. Porque las fuerzas autoritarias se alimentan de nuestra frustración y nuestro miedo, y no necesitan mucho más. La democracia ofrece numerosas virtudes: una de ellas es visualizar que algunos presidentes se agotan; la otra es que podemos contemplarlo con alegría. (*) Periodista, exjugador de Vélez, clubes de España y campeón del Mundo 79.

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(para Sport Digital Saladillo)

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